Fratelli tutti, claves de la encíclica del Papa Francisco

Fratelli Tutti” es la tercera encíclica del Papa Francisco dedicada a la fraternidad y a la amistad social, inspirada en San Francisco de Asís.

Es una llamada a “una fraternidad abierta, que permite reconocer, valorar y amar a cada persona más allá de la cercanía física, más allá del lugar del universo donde haya nacido o donde habite” (1). 

No pretende ser un resumen de la doctrina sobre el amor fraterno, sino un “detenerse en su dimensión universal, en su apertura a todos” (6) partiendo de una pertenencia común a la familia humana, del hecho de reconocernos como hermanos, porque somos hijos de un solo Creador y necesitamos tomar conciencia de que en un mundo globalizado e interconectado sólo podemos salvarnos juntos.

Capítulo 1.

Las sombras de un mundo cerrado

En este primer capítulo, nos propone “estar atentos ante algunas tendencias del mundo actual que desfavorecen el desarrollo de la fraternidad universal” (9).

A pesar de los adelantos que vamos viviendo parece que la historia da muestras de estar volviendo atrás en muchos aspectos y ante ello hemos de estar atentos.

Hace un recuento de las amenazas que impiden un desarrollo común para todos, como son:

  • algunos conflictos que se consideraban ya superados y cómo resurgen en distintos países creando nuevas formas de egoísmo
  • conflictos locales y el desinterés por el bien común son instrumentalizados por la economía global para imponer un modelo cultural único” se impone una cultura que unifica al mundo pero divide a las personas y a las naciones, de este modo esta sociedad “nos hace más cercanos, pero no más hermanos” (12); 
  • la pérdida de una conciencia histórica que da como consecuencia una cultura vacía, individualista y sin un proyecto común; 
  • la manipulación y deformación de palabras como democracia, libertad o justicia
  • la cultura del descarte que afecta especialmente a los no nacidos y a los ancianos (18), y se expresa también de múltiples maneras y en diversas formas de injusticias: racismo, pobreza (20), desigualdad de derechos (22), esclavitud moderna (24); guerras; atentados, persecuciones por motivos raciales o religiosos (25); la pandemia (32), la amenaza a los migrantes (37)…

Ante todo lo anterior,  tenemos la tentación del aislamiento, de construir muros que evitan el encuentro y ello añade como consecuencia el deterioro de la ética, el debilitamiento de los valores espirituales y ese sentido de responsabilidad para con todos.

Ante estas “sombras densas que no conviene ignorar” (54) quiere dejar un mensaje de esperanzaporque Dios sigue derramando en la humanidad semillas de bien”. Nos hace alusión al momento vivido por la pandemia entre los cuales se pudo ver cómo “nuestras vidas están tejidas y sostenidas(54).

Nos invita a la esperanza, “enraizada en lo profundo del ser humano” que es capaz de “mirar más allá de la comodidad personal, seguridades y compensaciones que nos encierran, para abrirse a grandes ideales” (55).

Capítulo 2.

Un extraño en el camino

Ante las sombras de un mundo cerrado, nos encontramos con un extraño en el camino que está herido y hay que socorrer; ante esta circunstancia podemos optar por detenernos o pasar de largo

Para ello, la encíclica nos muestra la figura del “buen samaritano” que se toma del pasaje de la Biblia (Lc 10,25-37) (56).

Esta parábola nos enseña que el amor no entiende de barreras, al amor no le importa si el hermano herido es de aquí o de allá, como menciona el Papa “el amor rompe las cadenas que nos aíslan y separan, tendiendo puentes…; amor que sabe de compasión y de dignidad” (62).

Destaca que ante esta sociedad enferma “somos analfabetos en acompañar, cuidar y sostener a los más frágiles y débiles” (64), pongamos por ello nuestra mirada en el buen samaritano que no da la espalda al dolor, sino que está cerca del que lo necesita superando prejuicios, intereses personales y barreras históricas o culturales.

Nos invita a ser “constructores de un nuevo vínculo social” (66), a reconstruir este mundo lleno de dolor siendo conscientes de que nuestra existencia está ligada a la de los demás. Una comunidad que haga propia la fragilidad de los demás ya que vemos cómo son visibles la desidia social y política, las disputas internas e internacionales, los saqueos que dejan heridos al lado del camino, por ello “seamos parte activa en la rehabilitación y auxilio de las sociedades heridas” (77).

Finalmente, ante la pregunta que Jesús nos hace “¿Quién es mi prójimo? nos interpela a dejar de lado toda diferencia” (81) y nos llama a volvernos nosotros cercanos, prójimo de todos, incluso de los que están lejos.

Para los cristianos, las palabras de Jesús tienen también otra dimensión trascendente; implican reconocer al mismo Cristo en cada hermano abandonado o excluido (cf. Mt 25,40.45)” (85). 

Capítulo 3.

Pensar y gestar un mundo abierto

En este capítulo, el Papa nos exhorta a salir de nosotros mismos, no podremos reconocer nuestra propia verdad si no es en el encuentro con los otros. 

Por ello, señala que “un ser humano está hecho de tal manera que no se realiza, no se desarrolla ni puede encontrar su plenitud si no es en la entrega sincera de sí mismo a los demás” (87). 

Un modo concreto de apertura y encuentro es la hospitalidad (90), este amor por el otro es el que nos mueve a buscar lo mejor para él, en esta forma de relacionarnos podremos hacer posible “la amistad social que no excluye a nadie y la fraternidad abierta a todos” (94). 

Un aspecto de esta apertura universal del amor es existencial (97), se trata de extender ése mismo más allá de las fronteras, de mi mundo de intereses, de mi círculo. 

Para caminar hacia la amistad social y la fraternidad universal es necesario percibir cuanto vale un ser humano, cuanto vale una persona, siempre y en cualquier circunstancia” (106) todo ser humano es valioso, tiene derecho a desarrollarse integralmente y vivir con dignidad. 

Es importante que una sociedad humana y fraterna se preocupe por garantizar de modo eficiente y estable el bien de las personas, “caminar juntos hacia un crecimiento genuino e integral” (113). Para ello, se necesita asegurar que los valores se transmitan, cuidar en la fragilidad, luchar contra las causas estructurales de pobreza, desigualdad, trabajo.

Nadie debe quedar excluido (121), se “tiene que asegurar los derechos humanos, personales y sociales, económicos y políticos, incluidos los derechos de las naciones y los pueblos” (122). “Es posible anhelar un planeta que asegure tierra, techo y trabajo para todos”(127) .Y la paz será duradera solo desde una ética global de solidaridad y cooperación al servicio de la familia humana.

Capítulo 4.

Un corazón abierto al mundo entero

La afirmación de que todos los seres humanos somos hermanos y hermanas, nos obligan a asumir nuevas perspectivas y a desarrollar nuevas reacciones” (128) .

Cuando el prójimo es una persona migrante, nos toca acompañarlos para que puedan construir su vida. Mientras no haya avances en la línea de evitar migraciones innecesarias, y para ello crear en los países de origen mejores condiciones para el propio desarrollo integral, nos corresponde respetar el derecho de todo ser humano de encontrar un lugar en donde pueda satisfacer sus necesidades básicas y desarrollarse para vivir dignamente, por lo tanto nuestra tarea consiste en acogerlos, protegerlos, promoverlos e integrarlos (129). 

Para ello el Papa establece una serie de respuestas indispensables (130) que les ayude a garantizar su acogida y asistencia. Así mismo, resalta que es importante aplicar el concepto de “ciudadanía plena” renunciando al uso discriminatorio de la palabra “minoría”(131).

Lo que se necesita, sobre todo, es una respuesta de colaboración internacional para las migraciones en nombre de un desarrollo solidario basado en el principio de gratuidad, porque solo una cultura social y política que incorpora esta acogida podrá tener futuro (132-141).

Toda cultura sana es abierta y acogedora por naturaleza” (146). Se puede apreciar cómo “la llegada de personas diferentes se convierten en un don, son una oportunidad de enriquecimiento y de desarrollo integral de todos” (133). El ser humano es el ser fronterizo que no tiene ninguna frontera (130).

Capítulo 5.

La mejor política

La fraternidad debe promoverse no sólo con palabras, sino con hechos que se concreten en la “mejor política”, aquella que no está sujeta a los intereses de las finanzas, sino al servicio del bien común (154), capaz de poner la dignidad de cada ser humano en el centro y asegurar trabajo a todos, para que cada uno pueda desarrollar sus propias capacidades. 

Una política que, lejos de populismos, sepa encontrar soluciones a los que más lo necesitan, a aquellos hacia los que atenta contra los derechos humanos fundamentales, “no debe someterse a la economía y esta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia” (177) (158). 

Recuerda “que es necesaria una reforma tanto de la Organización de las Naciones Unidas como de la arquitectura económica y financiera internacional, para que se dé una concreción real al concepto de familia de naciones” (173). 

La justicia es indispensable para obtener la fraternidad universal. Por lo tanto, el Papa nos llama hacia un orden social y político cuya alma sea la caridad social

Nos invita a rehabilitar la política como una de las formas “más preciosas de la caridad, porque busca el bien común” (180). Esta caridad política supone un sentido social que nos lleva a buscar el bien de todas las personas (182), a buscar vías nuevas para “afrontar los problemas del mundo y renovar profundamente las estructuras, organizaciones sociales y ordenamientos jurídicos” (183). 

Para concluir, en la política hay lugar para el amor que se hace cercano al otro y concreto. Los políticos están llamados a preocuparse de la fragilidad de las personas y de los pueblos, y para ellos es una ocasión privilegiada para construir estas relaciones a través del diálogo y la renuncia.

Capítulo 6.

Diálogo y amistad social

Para encontrarnos y ayudarnos mutuamente necesitamos dialogar” (198). El verdadero diálogo supone respetar el punto de vista del otro, sus intereses legítimos, y sobre todo, la verdad de la dignidad humana. 

Este diálogo implica acercarse, expresarse, escucharse, conocerse, tratar de comprenderse . Sabemos que un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva, esto supone “la capacidad de respetar el punto de vista del otro aceptando la posibilidad de que encierre algunas convicciones o intereses legítimos” (203). 

En una sociedad pluralista, el diálogo es el camino más adecuado para llegar a reconocer aquello que debe ser siempre afirmado y respetado, y que está más allá del consenso circunstancial. Hay algunos valores permanentes que otorgan solidez y estabilidad a una ética social (211). 

El Papa, reiteradas veces, nos invita a una cultura del encuentro que vaya más allá de las dialécticas que enfrentamos, “una nueva cultura” (215). Esta palabra indica algo que ha penetrado en el pueblo, en su estilo de vida. “Lo que vale es generar procesos de encuentro, procesos que construyan un pueblo que sabe recoger las diferencias” (217).

Es el auténtico reconocimiento del otro, que solo el amor hace posible y que significa colocarse en su lugar para descubrir qué hay de auténtico, o al menos, de comprensible en medio de sus motivaciones e intereses. 

Para ello el cultivo de la amabilidad facilita la búsqueda de consensos y abre caminos donde la exasperación destruye todos los puentes.

Capítulo 7.

Caminos de reencuentro

Nos recuerda en esta encíclica que el proceso de paz es un compromiso constante en el tiempo, es un trabajo paciente que busca la verdad y la justicia, que junto a la misericordia unidas son esenciales para construir esa paz. 

Esta paz es un compromiso incansable de reconocer, garantizar y reconstruir la dignidad de nuestros hermanos, implica trabajar juntos. “El esfuerzo duro por superar lo que nos divide sin perder la identidad de cada uno supone que en todos permanezca vivo un básico sentimiento de pertenencia” (230). 

En la construcción de la paz social de un país no hay punto final, sino que “es una tarea que no da tregua y que exige el compromiso de todos” (232), y para ello debemos tener también en cuenta que sólo de la verdad histórica de los hechos podrán esforzarse las personas y comprenderse para intentar el bien de todos (226). 

Ante ello nos encontramos conflictos, rupturas, pero menciona que no hay que olvidar la reconciliación y el perdón (237), “sólo se puede conseguir venciendo el mal con el bien (cf. Rm 12,21) y mediante el cultivo de las virtudes que favorecen la reconciliación, la solidaridad y la paz” (243).

La reconciliación no escapa del conflicto sino que se logra en el conflicto, superándolo a través del diálogo y de la negociación transparente, sincera y paciente (244) y con ello evitar la guerra entre naciones y pueblos (257) para conseguir un verdadero desarrollo humano integral para todos. 

También hace un llamado a la eliminación total de las armas nucleares, y propone usar ese dinero para acabar con el hambre y el desarrollo de los países más pobres. Para terminar, el Para reafirma el rechazo histórico y total de la iglesia a la pena de muerte.

Capítulo 8.

Las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo

En este capítulo, nos dice que las distintas religiones, partiendo de la valoración de cada persona humana como criatura llamada a ser hijo/a de Dios “ofrece un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para la defensa de justicia en la sociedad” (271). 

Por ello, en esta conciencia de hijos, podemos vivir en paz entre nosotros, es un bien para nuestras sociedades, y buscar a Dios con corazón sincero nos ayuda a reconocernos compañeros de camino, verdaderamente hermanos (274). 

La Iglesia respeta la autonomía de la política, pero no debe quedarse al margen en la construcción de un mundo mejor ni dejar de despertar las fuerzas espirituales que fecunden la vida social (276), está llamada a encarnarse en todos los rincones (católica), “puede comprender desde su experiencia de gracia y de pecado, la belleza de la invitación al amor universal”(278).

Entre las religiones es posible un camino de paz, “tenemos cosas en común y tan importantes que es posible encontrar un modo de convivencia serena, ordenada y pacífica, acogiendo las diferencias y con la alegría de ser hermanos en cuanto hijos de un único Dios” (279). Los creyentes nos vemos desafiados a volver a nuestras fuentes para concentrarnos en lo esencial: la adoración a Dios y el amor al prójimo.

Los líderes religiosos estamos llamados a ser auténticos “dialogantes”, a trabajar en la construcción de la paz no como intermediarios, sino como auténticos mediadores (284). Cada uno de nosotros está llamado a ser un artesano de la paz, uniendo y no dividiendo, extinguiendo el odio y no conservándolo, abriendo las sendas del diálogo y no levantando nuevos muros (283).

Carlos de Foucauld

Esta encíclica la concluye con una reflexión en torno al beato Carlos de Foucauld, a quien describe como “ una persona de profunda fe, quien, desde su intensa experiencia de Dios, hizo un camino de transformación hasta sentirse hermano de todos” (287).

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Escrito por: Mercedes Roldán.

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